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¿CRISIS? NO: ‘LA LECCIÓN DE LANZAROTE’

Cenando con unos amigos que venían de pasar unos días en Lanzarote, donde estuve hace dos años, estuvimos hablando de como una isla que fue arrasada por la lava de los volcanes insulares ha podido regenerarse al punto de reinventar su modelo económico y vivir actualmente en una relativa prosperidad. Y como nuestra situación actual es ‘como si hubiese habido una gran erupción global en 2008’, nos permitimos desarrollar cierto paralelismo entre una cosa y otra.

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«El día 1 de septiembre de 1730, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió en Timanfaya, a dos leguas de Yaiza… y una enorme montaña se levantó del seno de la tierra», según el testimonio del párroco Lorenzo Curbelo. La isla se transformó por completo. Diez pueblos quedaron enterrados (Tingafa, Montaña Blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos) y durante seis años la lava se extendió por la zona sur cubriendo un cuarto de la isla de Lanzarote y llenando las vegas cercanas de cenizas volcánicas. En 1824 de nuevo comenzaron la erupciones en Timanfaya. Se produjeron terribles hambrunas, ya que en esa zona estaban los cultivos de trigo, parte de cuya producción se exportaba a otras islas, y buena parte de la población se vio obligada a emigrar.

Esta fue la ‘crisis’ particular de Lanzarote y, como en la crisis iniciada en 2008, dejó un panorama desolador tras su erupción. En nuestra crisis actual ha habido cese de actividad en muchos sectores, industriales, agrícolas, de servicios… y hay cierre de empresas, regulaciones de plantilla, despidos de trabajadores, impagados, recortes en presupuestos públicos, desalojos por impagos de hipotecas, hay también un goteo permanente de exiliados voluntarios y también ‘terribles hambrunas’ como en Lanzarote hace casi dos siglos, pues un alto porcentaje de la población vive bajo el denominado ‘umbral de pobreza’ en nuestro país. Sí, nuestro escenario actual se puede comparar a las laderas de las montañas de la isla canaria.

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La oportunidad de reinventarse

Tras cambios en la gestión política y económica a lo largo de más de un siglo, en 1967 Lanzarote se reinventó con el turismo; en la que fue el ‘granero de Canarias’ por sus cosechas de cereales, se pusieron en marcha los primeros hoteles turísticos en Puerto del Carmen y un Parador Nacional y, en poco tiempo, la isla pasó de ser una isla subdesarrollada y sedienta, de campesinos, pescadores y emigrantes, a convertirse, en unas décadas, en una potencia turística capaz de atraer a casi dos millones de visitantes cada año, y no por sus playas –que también hay- sino por el paisaje espectacular de la lava de sus volcanes.

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El arte y la creatividad de César Manrique

En 1966 el artista lanzaroteño César Manrique regresó de su estancia en Nueva York y se instaló definitivamente en Lanzarote. El tándem formado por Manrique y José Ramírez, presidente del cabildo insular, apoyados por la ‘conciencia social’ generada por el periódico insular ‘La Antena’, se pusieron pronto en marcha para generar las condiciones con las que la isla se transformaría en un destino turístico respetuoso con su paisaje e identidad cultural, haciendo posible convertir, en una década, a Lanzarote en algo más que un destino turístico de buen clima y playas, en donde el paisaje agrícola, la naturaleza volcánica de la isla, la idiosincrasia del isleño, el arte y la arquitectura tradicional se combinaron para crear una marca turística genuina. César Manrique fue el líder que removió conciencias y que Lanzarote necesitaba para su reinvención (ver el interesante documental ‘Taro, el eco de Manrique’)

Lanzarote hoy

La economía volcada hacia el turismo ha llevado a Lanzarote de ser una isla que emigraba a ser una isla que vive una enorme inmigración fruto de la cual ha experimentado un espectacular aumento demográfico. En la actualidad, la mitad de la población que reside en Lanzarote ha nacido fuera de la isla, y una cuarta parte de los censados son extranjeros.

En resumen, Lanzarote ha vivido en las últimas décadas el mayor desarrollo socio-económico de su historia, abandonando definitivamente su marginalidad. Por ello, la isla asume en la actualidad algunos de los más importantes retos a los que se enfrentan las sociedades modernas de nuestro tiempo, como son la necesidad de compatibilizar desarrollo económico y la sostenibilidad de su medio natural; la integración de su población inmigrante en el seno de una sociedad multicultural o el mantenimiento de una identidad cultural propia en el marco de un mundo global, recuperando el sector primario, que siga sirviendo como reclamo para la potente industria turística, y apostando por la diversificación de su economía.

¿Qué podemos aprender en nuestra crisis actual de Lanzarote?

Pues todo lo contenido en el párrafo anterior nos puede ilustrar, así como entender que sobre la lava también se puede crear riqueza y desarrollo, que hay oportunidades y que es más seguro reinventarse que esperar a que todo sea como antes (los campos de Timanfaya reciben cientos de miles de visitantes cada año, pero no saldrán frutos canarios de su lava centenaria) pues nada será nunca ‘como antes’.

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Aprovechar la situación, generar oportunidades donde otros solo ven desastre, reinventarse y reinventar la empresa, los negocios, los productos y servicios, identificar y seguir a nuevos líderes, que basen su liderazgo en la creatividad y el respeto, a los recursos, a las personas,  y, en unos años, una nueva etapa quitará la razón a aquellos que solo hacen que lamentarse de la crisis. ¿Crisis? No: ‘la lección de Lanzarote’.

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